LA ÓPERA (I)

La Ópera

La ópera es el principal género dramático musical; se le considera género mayor, a la misma altura de la tragedia y de la comedia en géneros de texto o no musicales. Cuando su libreto es una comedia se le llama ópera bufa.

Consiste en una acción dramática, desarrollada por unos personajes, perteneciente al género tragedia, drama o comedia, que se representa por medio del canto con acompañamiento instrumental. Durante el siglo XIX se le dio una orientación casi exclusivamente musical, lo que hizo que se descuidaran los aspectos escénicos y de representación, sobre todo los referidos a la acción dramática, la preparación de actores y el texto. Actualmente, hay un cambio de actitud en este sentido; se reconoce a la ópera como una de las artes escénicas, perteneciente al drama o teatro, de modo que los aspectos de acción, caracterización, interpretación, o sea, lo que se llama la puesta en escena, son atendidos con el mismo rigor que la parte musical, para constituir lo que ya Richard Wagner llamó “el espectáculo total”. En esta línea, así ha sido considerada la ópera, como el único espectáculo que auna en la representación todos los recursos disponibles para el teatro: música y canto, espacio escénico, aspectos artísticos de vestuario y escenografía, interpretación, etc.

Orígenes

El canto es tan antiguo como el ser humano. Mediante el canto se exteriorizan los sentimientos y las pasiones, así que los seres humanos, desde sus remotos orígenes, han sentido la necesidad de cantar, solos o acompañados de otras voces e instrumentos musicales. Existen claros indicios de la vinculación del canto con los sentimientos religiosos; por lo tanto, el hecho de cantar siempre tuvo dos facetas, una sacra y otra profana. Tenemos, sin embargo, pocas noticias del canto, y de la música en general, en las civilizaciones antiguas, pues ninguna de ellas desarrolló un sistema eficaz de escritura musical. No queda ni rastro de la música ritual egipcia ni griega, cuya importancia podemos calibrar, por ejemplo, en esta última civilización, por el hecho de que le consagraron diez deidades, además del semidiós Orfeo. Sí sabemos, por otras referencias, que el canto formó parte de todos los rituales religiosos antiguos.

El Cristianismo primitivo también tuvo su música litúrgica, desarrollada en Roma y en Milán. El canto sin instrumentos, que organizó y reguló el papa San Gregorio en el siglo VII d. C. se llama por su impulsor “canto gregoriano”. Este canto, de voz única y sin acompañamiento, dio paso al “canto polifónico”, con melodías superpuestas a varias voces. Este tipo de canto, que irradiaba desde Nôtre Dame de París, fue tomando fuerza y pasó a Italia, Flandes e Inglaterra. Poco a poco fue entrando también en la música profana. El canto polifónico no propiciaba el lucimiento de las voces individuales, precisamente en un momento en que se comenzaba a valorar la creación individual de cada artista. Así entramos en el Renacimiento.

Renacimiento

El Renacimiento supuso la aparición de nuevas ideas humanísticas que tendían a recuperar la cultura clásica grecolatina y procurar un retorno a sus formas artísticas. En el caso de la música esto no era posible, ya que se desconocía el modelo musical antiguo; por tanto, los renacentistas se limitaron a dotar de contenido “humanístico” la música vocal polifónica. Desde Francia y Flandes fue implantándose en Italia, donde las familias nobles protegían a los músicos, el canto polifónico, basado en poemas de valor literario. Aparecieron entonces los madrigales, poemas cantados acompañados por instrumentos en los que la música describía ingeniosamente lo que decía el texto poético.

Al mismo tiempo, estas cortes introdujeron en sus fiestas espectáculos teatrales con música, danza y canto. Uno de estos trataba precisamente el tema de Orfeo, convertido en argumento dramático por el poeta Angelo Poliziano.

En Florencia, y bajo el patrocinio de los Medici, se creó la Camerata Fiorentina, reunión de músicos, poetas y cantantes, con el fin de investigar cómo habría podido ser el teatro clásico griego y su relación con la música; supusieron que este teatro clásico había sido cantado en su totalidad, por medio del canto monódico (melodía acompañada). El primer ensayo llevado a cabo fue “Dafne” (1597), trabajo hoy perdido, que ponía en escena los amores del dios Apolo con la ninfa Dafne, que terminaba transformada en laurel para evitar el cortejo amoroso del dios de la Música y de la Poesía. El éxito obtenido llevó a la Camerata a preparar otro espectáculo llamado “Euridice”, sobre el mito de Orfeo. Se puso en escena para celebrar la boda de María de Medici con Enrique IV de Francia, lo que influyó en la adopción del país galo de este tipo de espectáculos.

Monteverdi: “Orfeo”

La casa ducal de los Gonzaga en Mantua incluía en sus festejos la llamada “opera in musica”, es decir, una obra dramática cantada. En su corte tenían al músico Claudio Monteverdi (1567-1643), que se había distinguido como un excelente madrigalista polifónico. Cambió de estilo este músico y creó lo que se considera el verdadero inicio de la ópera, con su “Favola d’Orfeo”, “opera in musica” que se estrenó en Mantua, en la corte de los Gonzaga, en 1607. Concibió Monteverdi el espectáculo con sentido teatral; los versos, del poeta Striggio, eran perfectamente descritos por la música, con acompañamiento musical cambiante, según la escena a que se aplicara. Incluía además arias de dificultad vocal virtuosista, para lo cual los cantantes de la época no estaban aún preparados, por lo que tuvo que crear una versión fácil de algunas de ellas.

Monteverdi tuvo el gran mérito de plantear la ópera como un espectáculo en el que la música explicara el texto y en el que la vocalidad de los cantantes tenía la mayor importancia.

El concepto de espectáculo operístico

En esta época se consideraba importante que la música tuviera un significado como el resto de las artes. Con la “opera in musica” se podían representar realidades y con la palabra se podía “ver” la música. La música vocal tuvo más éxito social en esta época que la instrumental (música de la que disfrutaban los nobles en sus cámaras, música de cámara y la música eclesiástica). El teatro se convirtió en un lugar de encuentro social, donde se podía no sólo disfrutar del espectáculo y el canto, sino también comer, fumar, tomar refrescos, charlar y trabar conocimientos. La platea era lugar de paseo y encuentro; se atendía a los momentos álgidos de la representación y se continuaba con la conversación como si tal cosa. Los más ricos se abonaban a una butaca o a un palco, donde podían también recibir visitas, intrigar y cortejar. La venta de alimentos y bebidas equilibraba las ganancias de las compañías. El hecho de que fuera un negocio empresarial tuvo la mayor importancia, pues condicionó la formación de los grupos de cantantes y la evolución de la ópera. Casi se suprimió el coro y se redujo considerablemente la orquesta; también se redujo el número de cantantes. Castrati, sopranos y mezzosopranos mantenían una gran rivalidad entre ellos, llegando al extremo de no querer realizar dúos juntos, lo que propició la aparición de las arias, en las que cada artista se lucía individualmente.

Los espectáculos se desarrollaban en salas iluminadas con grandes lámparas de aceite que no podían apagarse durante la función, por la gran dificultad de encenderlas de nuevo y por el humo que provocaban. El público era muy ruidoso y entraba y salía de la sala libremente.

La orquesta, de dimensiones reducidas, podía estar a un lado del escenario, compartiendo espacio con los cantantes, pero con el tiempo se situó en un foso ante el escenario. Hasta el siglo XIX no hubo un director con batuta y actuaba como director el clavicémbalo o el piano forte. La dirección escénica se limitaba a marcar las entradas y salida; todo lo demás se dejaba libre criterio de los cantantes.

(Este texto es un extracto de la introducción del libro “¿Qué es esto de la Ópera?” de Roger Allier, de la Editorial Ma non troppo)

~ por Fuensanta Muñoz en 3 mayo 2010.

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